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¿Reset?

¿Reset?

Cuando algún instrumento electrónico no funciona bien o comienza a dar problemas, el “reseteo” es generalmente la mejor opción. Mediante este proceso toda información previa se anula y se elimina, y vuelve a su estado inicial, como si nada hubiera pasado.

Esto mismo es lo que, de alguna manera nos está pasando: nos estamos reseteando como sociedad para empezar de nuevo. La vuelta a la nueva normalidad, entendida como el estado anterior en el que vivíamos antes de marzo de 2020, se ha convertido en el gran objetivo a alcanzar.

Pero el 2020 nos puso ante el espejo, sacó lo mejor y lo peor de nosotros, nos quitó la careta del progreso y la tecnología, y nos dejó ante la cruda realidad: una mezquina y mediocre humanidad que, a pesar de todo, es capaz de seguir hacia adelante.

La actual crisis nos ha planteado muchas incertidumbres, pero también grandes enseñanzas; así que ¿por qué consolarnos con volver a la normalidad cuando podemos mejorarla? La primera alternativa que nos ha surgido es la urgencia por afrontar la transformación digital, algo que estaba latente pero que se ha convertido ahora en una insoslayable necesidad. Ahora toca llevar a cabo ese cambio profundo y, especialmente, hacerlo sostenible.

Por otro lado, la pandemia ha puesto de manifiesto nuestra interdependencia de un mundo globalizado y sujeto a unos modelos de éxito que se han visto desactivados temporalmente, pero que hemos sido capaces de superar. La rentabilidad ha cedido protagonismo a intangibles que nos muestran otro tipo de contabilidad social. La autenticidad, la solidaridad, el esfuerzo colectivo, lo próximo y lo cercano, emergen como tendencias y valores que anticipan un cambio de nuestro modelo social y económico.

Los cambios suelen ser procesos que llevan su tiempo, caen por su propio peso debido a una gran cantidad de factores que confluyen para que todo vire hacia una dirección diferente. Pero el cambio que estamos viviendo se asemeja más al estallido de una bomba nuclear, que a la caída del Imperio Romano. Una bomba que nos ha explotado en la cara y en la que, tras la detonación, parece como si el tiempo se hubiera detenido.

Nos hemos confinado y,  desde el refugio de nuestro aislamiento, a través de nuestros perfiles en las redes sociales y el auge de las tecnologías que favorecen nuestra necesidad de relacionarnos, hemos creado una nueva realidad que se asemejaba a la que disfrutábamos antes, pero que no es la misma. Todo ha cambiado, porque bajo la falsa promesa de una nueva normalidad hemos vendido nuestra alma al algoritmo, una especie de sistema feudal digital donde el poder estará cada vez más centralizado.

Cuando despertemos, cuando nuestra sociedad recupere el flujo sanguíneo, deberemos saber recomponernos y aplicar lo aprendido desde el redescubrimiento de quienes somos, qué es lo que realmente queremos y valoramos y aplicar todo el talento, creatividad e innovación necesaria para, de una vez por todas, dejar de comportarnos como los simios que somos (aprendemos mediante procesos de imitación) para ser cada vez más humanos.

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