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Los publicitarios somos gente honrada.

Los publicitarios somos gente honrada.

No le digas a mi madre que trabajo en publicidad, ella piensa que toco el piano en un burdel

Este es sugerente título del libro del reconocido publicista francés Jacques Séguéla que se enfrentó en 1979 al imaginario de una profesión desprestigiada, marcada por fuertes estereotipos y juicios de valor: la publicidad como una de las principales causas de la decadencia moral de nuestra sociedad, el consumismo la manipulación, la creación de necesidades ficticias, la construcción de la autoestima y el sentimiento de pertenencia social a través del consumo  en resumen, empoderar lo material como causa de la felicidad, etcétera.

La imagen de esta profesión asociada a la idea de decadencia moral ha pasado desde hace ya unos cuantos años a otro nivel, identificada con la corrupción política, la estafa y la delincuencia, digamos que “guante blanco” se ha ido agravando con el paso de los años.

No quiero entrar en casos concretos; seguro que a cada uno seguro que se nos ocurren unos cuantos, pero cada vez que aparece un escándalo por corrupción, aparece una agencia de publicidad, de comunicación o de eventos implicada. Y es que la naturaleza de nuestra profesión se presta a la volatilidad en los honorarios, en la justificación de los trabajos desarrollados y a la aplicación de la creatividad más allá de nuestro ámbito a la contabilidad. “Contabilidad Creativa” le llaman.

Pero una profesión no es inmoral, no puede serlo; la inmoralidad está en las personas, en su forma de entender y practicar esta profesión, devaluándola y arrastrándola por el fango. Una profesión que, se lo aseguro, es la mejor que existe: te hace crecer, como persona y como profesional porque te obliga a estar, como decía en la presentación de la primera edición de los “Premios A-Crear”, con los pies en el suelo, y la cabeza en las nubes.

Una profesión que “hace que pasen cosas”, que influye en el comportamiento, que crea compromisos, que ayuda no solo a vender, sino a relacionarse con sus clientes. Una profesión que ayuda a que nuestras empresas se posicionen, crezcan y creen nuevos puestos de trabajo, nuevas oportunidades, alcancen nuevos mercados, o que con sus mensajes sean elementos determinantes en la transformación de nuestra sociedad, impregnándola de valores.

Una profesión que obliga a ser curioso, a ampliar tu mirada, a creer y a conectar con la gente, para pellizcarles el alma.

Lo he comentado más de una vez, las empresas de publicidad, comunicación, marketing, atesoramos uno de las ratios más elevadas de talento por metro cuadrado que se puede dar en una empresa, porque nuestra profesión se nutre de eso, de talento aplicado a las ideas, a las estrategias, al diseño, a la producción audiovisual o a la interpretación de datos.

El resto no es publicidad, ni comunicación ni marketing, es falta de ética, amoralidad o, sencillamente, delincuencia.

No obstante, si hay que confesar, como hicimos el año pasado, se confiesa:

Yo Confieso

Que he pasado noches sin dormir obsesionado por una idea.

Que vivo en la duda permanente hasta el momento en que las campañas salen a la luz.

Confieso que siento miedo ante el papel en blanco, pero que me encanta llenarlo de frases, listas y garabatos hasta que cobran sentido.

Que tengo el vicio de la curiosidad, que miro a la gente, estudio cómo compran, cómo reaccionan, cómo hablan, qué leen o qué escuchan.

Que nada me gusta más que las campañas funcionen.

Confieso que siento sana envidia de las buenas ideas y las campañas de mis compañeros… ¡Qué cabrones!

Que no se vivir sin crear, ni crear sin sufrir, pero que me encanta hacerlo.

Que el diseño sin función es puro artificio.

Que, en publicidad, la creatividad mal enfocada sólo es ocurrencia.

 

Yo confieso que amo esta profesión más que ninguna otra en el mundo.

Yo confieso que soy publicitario

 

 

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