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En defensa de la ignorancia

En defensa de la ignorancia

Pero no la ignorancia vacía de intención, la ignorancia estúpida. Sino nuestra ignorancia primordial, buscada e ilustrada. La ignorancia como actitud previa a un nuevo aprendizaje. Vaciar para llenar, parar para reparar.

Esa ignorancia que nos lleva a repensar lo que damos por cierto cuando el juicio nos surge de forma automática, espontánea, sin filtrar. Vaciar la “caché”, que dirían los informáticos, esa memoria intermedia, ese atajo del pensamiento que nos coloca de forma recurrente en el mismo punto de partida sin pasar por el filtro del pensamiento crítico. Darnos el tiempo necesario para volver a pensar las cosas, para “darnos cuenta” de nuestros sesgos y prejuicios, abrirnos a nuevas ideas. Sentir como nuevo lo que antes era costumbre y redescubrirlo con un cierto asombro: el momento íntimo de soledad en el desayuno, un banco en el parque que invita a sentarse, un paseo tranquilo por la ribera de un río.

Reivindicar esa ignorancia atrevida, que no inconsciente, de quien es capaz de realizar lo impensable, lo imposible, sencillamente porque “no sabía que no se podía hacer”.

Recuperar la duda como la única actitud honesta frente al saber o, mejor dicho, a lo que damos por cierto. La duda como la base esencial para volver a aprender. Volver a Sócrates: al “sólo sé que no se nada”, a Descartes y su “duda metódica” como principio y método para llegar a una base de conocimiento cierto desde donde partir y fundamentar otros conocimientos del mundo.

No, no es la duda la que ofende, sino la falta de criterio, el sesgo de reafirmación y la automatización del pensamiento que nos incapacita para reconocer nuestras propias carencias.

Ignorar como terapia, en el sentido de “no hacer caso”, como un recurso válido para defendernos de la infoxicación, para proteger nuestra estabilidad personal, nuestro sistema emocional de agotamientos innecesarios. Para dedicar nuestra cada vez más mermada atención a lo que de verdad importa. Promover una “sordera y ceguera selectiva”, distinguiendo aquello que pruebe ser realmente valioso para nosotros y desechar la estupidez supina donde quiera que esta surja.

¿Que el iluminado de turno habla hasta por los codos solo para agobiarte? ¡Pues se cierran los canales sensoriales y escucha las olas del mar!

No se vds. pero tengo la sensación de que, quienes van a aprender menos de estos tiempos son aquellos que lo tienen todo claro, demasiado claro.

Hasta entonces, ¿por qué no recuperar nuestra capacidad de asombro, de mirar con otros ojos, de descubrir y redescubrirnos?

Al fin y al cabo, lo único inmutable en este mundo es el cambio y, si el mundo cambia, también deberíamos hacerlo nosotros y nuestra forma de interpretarlo.

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